Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquel republicano, aquel hombre de acción, que amaba los ejercicios de equitación como una preparación para el combate, no habÃa pensado jamás en el amor más que como un precipicio peligroso y despreciable, en el que estaba completamente seguro de que jamás caerÃa. Por otra parte, creÃa que ésta pasión era extremadamente rara en la vida corriente. Estaba verdaderamente atónito por todo lo que le sucedÃa, como el pájaro salvaje que queda apresado en una red y al que se mete en una jaula; lo mismo que este pájaro cautivo, no sabÃa hacer, otra cosa que dar furiosos golpes con la cabeza contra los barrotes de su jaula.
—¡Vaya! —se decÃa—; no saber ni decirle una sola palabra; ¡vaya, olvidar incluso las cosas más corrientes! Asà mi débil conciencia debe ceder a la atracción de un error, de una falta, ¡y no tengo ni el valor de cometerla!
Al dÃa siguiente estaba libre de servicio; aprovechó el permiso qué le habÃa concedido el coronel y se lanzó a través de los bosques de Burelviller.
Por la tarde, un campesino le dijo que se hallaba a unas siete leguas dé Nancy.