Rojo y blanco

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—¡Tengo que reconocer que soy todavía mucho más tonto de lo que me imaginaba! ¿Es que corriendo por los bosques obtendré la consideración y estima de los salones de Nancy y será así como podré encontrar la oportunidad de hablar con la señora de Chasteller y de reparar mi estupidez?

Regresó precipitadamente a la ciudad y fue a visitar a los señores de Serpierre. La señorita Théodelinde era amiga suya, y aquella alma, que se creía a sí misma tan firme, tenía necesidad aquel día de una mirada amiga y comprensiva. Estaba muy lejos de atreverse a hablarle de su debilidad pero, una vez al lado de ella, su corazón encontraba tranquilidad. El señor Gauthier gozaba de toda su estima, aunque era algo así como un sacerdote de la República y todo lo que no tendiese a la felicidad de Francia, gobernándose por ella misma, le parecía indigno de atención y absolutamente pueril. Du Poirier hubiese sido un perfecto consejero; además de su conocimiento general de los hombres y de las cosas de Nancy, comía una vez por semana con la persona a la cual Luciano tenía tanto interés en conocer. Pero nuestro héroe no consideraba conveniente darle una oportunidad para traicionarle.




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