Rojo y blanco
Rojo y blanco Mientras explicaba a la señorita Théodelinde lo que había podido observar durante su largo paseo, anunciaron a la señora de Chasteller. Luciano demostró al instante, con sus movimientos rápidos, la agitación que le embargaba; en vano intentó hablar: lo poco que dijo era casi ininteligible.
No hubiera quedado más sorprendido si, al entrar en combate con su regimiento, en lugar de cargar contra el enemigo se hubiese lanzado a una huida desesperada. Esta idea le sumió en el más violento desconcierto, no podía, pues, responder de nada sobre sí mismo.
¡Qué lección de modestia!
¡Qué necesidad de actuar para finalmente no ver en uno mismo más que una vana probabilidad, pero desprendida ésta de los hechos!
Fue sacado de su profundo meditar por un suceso francamente extraño: la señora de Serpierre le presentó a la señora de Chasteller, y acompañó esta ceremonia con las alabanzas más excesivas. Luciano estaba colorado como un gallo, e intentaba en vano encontrar alguna frase correcta, mientras se exaltaba sobre todo su amable inteligencia, admirable de elegancia parisién. Por fin, la señora de Serpierre se dio cuenta del estado en que se hallaba.