Rojo y blanco
Rojo y blanco «—¿Cómo es posible que un hombre se deje tratar asÃ? —pensó Luciano—. ¡Cuántas bajezas hace cometer el amor!». La señora d’Hoquincourt le dirigÃa palabras muy amables y no hablaba casi con nadie más que con él; pero nuestro joven estaba algo amargado por la posición en que veÃa colocado al pobre d’Antin. Se fue al otro extremo del salón y bailó unos valses con la señora de Puylaurens, la cual, también, estuvo encantadora con él. Era el hombre de moda de aquel baile, él que precisamente bailaba bastante mal; aquello lo sabÃa perfectamente, y era la primera vez en su vida que disfrutaba de aquel placer. Bailó un galop con la señorita Théodelinde de Serpierre, y mientras lo hacÃa, divisó en un ángulo de la sala a la señora de Chasteller.