Rojo y blanco

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Esta conversación fue escuchada por el señor de Sanréal, y Luciano empezó a sentirse disgustado con la mayoría de los jóvenes invitados. «Vuestro éxito produce contrariedad a estos caballeros» —dijo la señora d’Hoquincourt. Luego, como quiera que los señores Roller y d’Antin se acercasen hacia la pareja, llamó a Luciano, que ya se alejaba.

—Señor Leuwen —le dijo desde lejos—, le ruego baile conmigo la primera contradanza.

«—Es encantador —se dijo Luciano—. He aquí una cosa que nadie se atrevería a hacer en París. Realmente, estos territorios extranjeros tienen algo bueno; sus gentes son mucho menos tímidas que nosotros».

Mientras bailaba con la señora d’Hoquincourt, el señor d’Antin se acercó a ella. Ésta fingió haber olvidado un compromiso anterior con él y empezó a presentarle excusas en términos tan divertidos y agudos, que Luciano, que seguía bailando con ella, pasó grandes apuros para no estallar en carcajadas. La señora d’Hoquincourt buscaba evidentemente encolerizar al señor, d’Antin, el cual protestaba en vano que nunca había pretendido bailar aquella contradanza.


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