Rojo y blanco

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—Es usted admirable, señor —le dijo la prima del emperador—, ciertamente, yo no deseo en modo alguno separarme de un caballero tan amable. Pero veo por aquí a una serie de señoritas que tienen deseos de bailar y que me están mirando con ojos enemigos por retenerle demasiado tiempo.

Y la señora de Commercy le señaló a varias señoritas de primera calidad.

Nuestro héroe cumplió su misión bravamente; no solamente bailó, sino que también conversó, encontrando alguna pequeña idea en aquellas inteligencias no cultivadas, en aquellas jóvenes hijas de la nobleza de provincias. Su valor fue recompensado con unánimes alabanzas por parte de las señoras de Commercy, de Marcilly, de Serpierre, etc.; advertía que era un hombre de moda. En el Este de Francia, país profundamente militar, se siente verdadera admiración por los uniformes; en gran parte debido al suyo, llevado con gracia y distinción, y casi el único en aquel círculo, aquel joven podía pasar por el personaje más brillante de toda la reunión.

Finalmente, obtuvo una contradanza de la señora d’Hοquincourt: con ella manifestó toda la brillante gama de su inteligencia. La señora d’Hoquincourt le dirigió los más vivos cumplidos.

—Siempre le he considerado a usted persona amable; pero, esta noche, es usted otro hombre —le dijo ella.


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