Rojo y blanco
Rojo y blanco Todas las mujeres que entraban en la sala de baile la atravesaban rápidamente para irse a colocar delante del retrato del joven escocés. Allí quedaban en silencio durante irnos instantes, y se afectaba un aire de gran seriedad. Después, al salir, volvían a adoptar la cara alegre del baile, y se iban a saludar a la dueña de la casa. Dos o tres damas que se acercaron a la señora de Marcilly antes de haber ido ante el retrato, fueron recibidas muy secamente y aparecieron de tal modo ridículas a la vista de todo el mundo, que una de ellas juzgó conveniente decir que se encontraba mal. Luciano no perdía un detalle de todo aquel ceremonial. «Nuestros aristócratas —se decía riendo—, estando unidos, no temen a nadie; ¡pero cuántas tonterías hay que contemplar sin reír! Es divertido —pensó—, que estos dos rivales, Carlos X y… … y que pagan a los servidores de la nación con el dinero de ésta, pretenden que nosotros les debemos personalmente algo».
Después de una revista general a los asistentes del baile, que era muy hermoso, nuestro joven se dio cuenta de que tenía un lugar reservado al lado del boston de la señora condesa de Cotnmercy, la prima del emperador. Durante una media hora mortal, la oyó darse cinco o seis veces a sí misma este título.
«La vanidad de estos provincianos les inspira ideas increíbles —pensó—; me parece estar viajando por un país extranjero».