Rojo y blanco
Rojo y blanco En el fondo de una de las tiendas adyacentes se hallaba una especie de pequeño reducto resplandeciente de luz; había quizá cuarenta velas encendidas, y Luciano se sintió atraído por aquel resplandor. «Esto tiene el aire de las procesiones del Corpus Christi», pensó. En medio de tantas velas, en el lugar de honor, había colocado algo parecido a una custodia con el retrato de un joven escocés. En la cara de aquel niño, el pintor, que pensaba bien sin duda, mucho mejor de lo que dibujaba, había buscado reunir, junto a la sonrisa amable de la tierna infancia, una frente cargada con los altos pensamientos del genio. El pintor había conseguido hacer una caricatura absurda que tenía algo de monstruo.