Rojo y blanco

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Por muy joven que fuera, Luciano fue lo bastante inteligente para perder seis partidas consecutivas, y al subir nuevamente a la diligencia, el bueno de Filloteau había sido completamente ganado. Encontraba que aquel petimetre tenía cualidades, y se puso a explicarle la manera de comportarse en el regimiento para no parecer un novato. Dicha manera era casi totalmente lo contrario de la exquisita educación a la cual estaba acostumbrado Luciano. Ya que, a los ojos de Filloteau, como a los de los monjes, la excesiva educación es considerada como debilidad; es necesario, ante todo, hablar de uno mismo, de las propias cualidades, hay que exagerar.

Mientras nuestro héroe escuchaba con tristeza y gran atención, Filloteau se durmió profundamente y Luciano pudo entregarse a sus pensamientos. En conjunto se sentía feliz de poder hacer algo, y de ver cosas nuevas.

Al cabo de dos días, hacia las seis de la mañana, aquellos dos señores hallaron al regimiento en marcha, a unas tres leguas de Nancy; hicieron detener la diligencia y se encontraron en la carretera junto con sus efectos.

Luciano, que era todo ojos, quedó impresionado por el aire de importancia, morosa y grosera que apareció en la ancha cara del teniente coronel, en el momento en que su lancero abrió una maleta y le presentaba su uniforme adornado con grandes charreteras.


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