Rojo y blanco
Rojo y blanco Filloteau hizo que dieran un caballo a Luciano, y juntos se incorporaron al regimiento que, mientras se cambiaban, había reanudado la marcha. Siete ti ocho oficiales se habían quedado en la retaguardia, para cumplimentar al teniente coronel, y fue a éstos a quienes primeramente fue presentado Luciano; los encontró muy fríos. Nada menos alentador que sus fisonomías.
—He aquí, pues, las gentes con las que tendré que convivir —se dijo Luciano, con el corazón compungido como el de un niño.
Acostumbrado a las caras brillantes de civilización y de deseos de gustar, con las cuales intercambiaba frases en los salones de París, llegó incluso a creer que aquellos señores querían aparecer ante él como más terribles de lo que eran. Habló mucho, y nada de lo que decía pasaba sin ser discutido; decidió callarse.
Durante una hora Luciano cabalgó, sin decir palabra, a la izquierda del capitán que mandaba el escuadrón al que debía pertenecer él; su cara revelaba frialdad, o por lo menos, esperaba que así fuera, pero su corazón estaba intensamente emocionado; en cuanto terminó el diálogo desagradable con los oficiales, olvidó la existencia de éstos. Miraba a los lanceros y se sentía transportado de alegría. ¡He aquí a los compañeros de Napoleón! ¡He aquí al soldado francés! Consideraba a los menores detalles con un interés ridículo y apasionado.