Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquel momento fue cruel, y la cara de Luciano no aparecÃa sonriente mientras intentaba refutar, rechazar, aquella terrible visión. Estaba entonces de pie e inmóvil, cerca de la contradanza en la cual figuraba la señora de Chasteller. Inmediatamente el partido del amor, para refutar la razón, le llevó a rogar a la señora de Chasteller que le concediese un baile. Ella le miró; pero, por aquella vez, Luciano fue incapaz de juzgar su mirada. Quedó como ardiendo, cómo inflamado. Aquella mirada, no obstante, no expresaba más que el placer de la curiosidad por ver de cerca a un joven que sabÃa poseÃa pasiones tan extremas, que todos los dÃas tenÃa un duelo, del cual se hablaba mucho, y que solÃa pasear bajo sus ventanas. ¡Y que el hermoso caballo de aquel joven oficial tenÃa la costumbre de derribarle precisamente cuando ella le estaba observando! Estaba perfectamente claro que el dueño del caballo deseaba hacer creer que se habÃa ocupado de ella por lo menos cuando pasaba por la calle de la Pompe y no se sintió en modo alguno escandalizada: No encontraba en ello nada de impertinente. Verdad era que, situado a su lado en la comida de la casa de la señora de Serpierre, le habÃa parecido absolutamente desprovisto de inteligencia e incluso torpe en sus maneras. Se habÃa mostrado valeroso mientras conducÃa la barca sobre el Lago de la Encomienda, pero se trataba de aquella bravura frÃa que puede tener también un hombre de cincuenta años.