Rojo y blanco

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De todo aquel conjunto de ideas, el resultado fue que bailando con Luciano, sin mirarle y sin apartarse de la más conveniente seriedad, la señora de Chasteller se estaba preocupando por él. Inmediatamente se dio cuenta de que era un hombre extremadamente tímido.

«—Su amor propio le recuerda, sin duda —pensó ella—, que yo le he visto caer del caballo el día de la llegada del regimiento de lanceros». Así, la señora de Chasteller no tenía dificultad alguna en admitir que Luciano se mostraba tímido por su culpa. Semejante falta de confianza en sí mismo tenía cierta gracia en un hombre joven colocado en medio de todos aquellos provincianos, tan seguros de sus méritos y que no perdían ni un adarme de su dignidad mientras bailaban. Aquel joven oficial, por lo menos, no era tímido cuando montaba a caballo; cada día le hacía temblar por lo arriesgado de sus evoluciones, evoluciones que a veces tenían mal final, añadió ella para sí, casi riendo.

Luciano estaba atormentado por el silencio que guardaba; finalmente se violentó, atreviéndose a dirigir unas palabras a la señora de Chasteller, y solamente a costa de grandes dificultades pudo expresar, muy mal, unas ideas comunes, justo castigo a todo aquel que no pone en práctica su memoria.


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