Rojo y blanco
Rojo y blanco Por un encantador contraste con todo lo que ofendía a sus ojos desde hacía tiempo, veía a seis pasos de él a una mujer adorable por su hermosura celestial; pero aquella belleza era casi su menor encanto. En lugar de la educación forzada, incómoda, repleta de falsedad y rebosante de mentira que constituía la gloria de la casa de Serpierre; en vez de aquel furor por hacer frases espirituales, bajo cualquier pretexto, de la señora de Puylaurens, la señora de Chasteller era sencilla y fría, pero con aquella sencillez que encanta porque desdeña ocultar un alma hecha para las emociones más nobles, con aquella frialdad vecina a las llamas, que parece dispuesta a cambiar en benevolencia e incluso en arrebatos, si sabe uno inspirárselos.