Rojo y blanco
Rojo y blanco Nuestro desgraciado héroe se hallaba demasiado profundamente ocupado en sus remordimientos de amar y en la imposibilidad absoluta de encontrar alguna frase aceptable que decir, para vigilar sus miradas. Desde que salió de ParÃs, no habÃa encontrado en la moralidad más que cosas rebuscadas; áridas y desagradables. Tal vez equivoco yo los términos: la vulgaridad de los deseos, las pretensiones pueriles y más que nada la torpe hipocresÃa provinciana, llegaban a producirle un estado de descontento pronunciado en aquel ser acostumbrado a toda la elegancia de los vicios de ParÃs.
En lugar de aquella disposición satÃrica y desventurada, desde hacÃa una hora, Luciano no tenÃa bastantes ojos para ver, ni bastante alma para admirar. Sus remordimientos por amar, estaban batidos y destruidos con una deliciosa rapidez. Su vanidad de joven le advertÃa perfectamente, de vez en cuando, que el continuo silencio dentro del cual se encerraba con delicia, no era precisamente lo indicado para aumentar su reputación de hombre agradable; ¡pero si estaba tan extrañado, tan transportado, que no tenÃa ni el valor de dar una audiencia seria al cuidado de su propia gloria!