Rojo y blanco

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«—Decididamente, este apuesto parisién sólo resulta bien a caballo; en cuanto pone pie a tierra pierde la mitad de su mérito, y si se pone a bailar, pierde su mérito entero. No tiene inteligencia: ¡Es una lástima, pues su cara anunciaba tanta finura y naturalidad! Será la naturalidad de la falta de ideas». Ella respiró más libremente. Sin embargo, no estaba contenta; pero amaba su libertad, y había temido por ella.

Completamente tranquilizada sobre los medios que pudiera tener Luciano de gustar y poco impresionada por su única cualidad de montar bien a caballo, se dijo: «Este hermoso joven quiere aparentar que está impresionado por mis gracias, como hacen los demás». Y empezó a pensar libremente en todos aquellos que la rodeaban y que buscaban decirle cosas agradables. El señor d’Antin lo conseguía algunas veces. Mientras le hacía justicia, la señora de Chasteller se sintió impacientada porque en lugar de dirigirle la palabra, Luciano se limitaba a sonreír ante las frases gentiles del señor d’Antin. Para colmo, la miraba con ojos cuya expresión, era tan exagerada que podía ser advertida.




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