Rojo y blanco
Rojo y blanco Pero, en medio de su brillante facundia, hay que rendir justicia a la inexperiencia de Luciano. No fue en absoluto por medio de un esfuerzo genial como se había elevado de repente a aquel tono tan conveniente para su ambición; pensaba todo lo que aquel tono parecía decir; y así, aunque por una causa bien poco honrosa para su habilidad, su modo de decir las cosas era perfecto. Había siempre en Luciano como una especie de horror instintivo por las cosas bajas que se elevaban, como un muro de acero, entre la experiencia y él. Volvía los ojos a todo aquello que le parecía excesivamente feo, y se encontraba a los veintitrés años con una ingenuidad que un joven parisién de buena casa encuentra ya humillante a los dieciséis, en su último año de colegio. Solamente por azar adoptó el tono de un hombre hábil. Ciertamente, no era ningún experto en el arte de disponer de un corazón de mujer y de provocar emociones en él.
Aquel tono singular, tan atrayente y peligroso, era extraño y casi ininteligible para el señor de Blancet, quien, no obstante, deseaba intervenir en la conversación. Luciano se había apoderado con autoridad de toda la atención de la señora de Chasteller. Por muy espantada que estuviera, no podía prohibirse aprobar en gran parte las ideas de Luciano, y a veces respondía casi con el mismo tono; pero sin cesar precisamente de escuchar con placer, terminó por caer en un profundo estupor.