Rojo y blanco

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Y mientras se hacía esta reflexión, mientras formaba esta magnífica resolución, su corazón ya estaba ocupado por él; le amaba ya. Se puede considerar que en aquel momento nacía un sentimiento de distinción y de favor hacia Luciano. De improviso, la señora de Chasteller se arrepintió profundamente de haber permanecido tanto tiempo hablando con Luciano, sentada en una silla, alejada de todas las demás mujeres y sin tener otro rodrigón que el bueno de Blancet, que no comprendía nada de lo que escuchaba. Para salir de aquella embarazosa posición, aceptó una contradanza que Luciano le rogó bailara con él.

Después de la contradanza y durante el vals que siguió, la señora d’Hoquincourt llamó a la de Chasteller para que tomara asiento a su lado, en un lugar donde corría un poco de aire y se estaba más alejado del excesivo calor que empezaba a reinar en la sala de baile.

Luciano, que se consideraba amigo de la señora d’Hoquincourt, no se apartó de aquellas damas. Allí, la señora de Chasteller pudo convencerse de que él era la figura destacada de aquella velada. «Y, en verdad, con razón —se dijo—, ya que, independientemente del brillante uniforme que tan bien le sienta, es fuente de alegría para todo aquel que está a su lado».


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