Rojo y blanco

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—Si no fuera así, ¿me habría detenido una centésima de segundo? —continuó Luciano con todo el fuego de la primera desdicha intensamente sentida—. ¿Es que me hubiese detenido, si no fuera algo relacionado con usted, que es la única cosa que me interesa en el mundo? ¿En quién puedo pensar si no es en usted? Esta sospecha me atraviesa el corazón veinte veces al día desde que estoy en Nancy.

Sólo le faltaba al naciente interés de la señora de Chasteller ver su honor puesto en entredicho. No tuvo ni la más mínima idea de enmascarar su estupefacción ante el tono empleado por Luciano en su contestación. El fuego con que acababa de hablarle, la evidencia de la total sinceridad de las frases del joven, la hicieron pasar desde una palidez mortal a un rubor imprudente; incluso enrojecieron sus ojos. Pero, osaré decirlo, en este siglo sórdido y que parece haber contraído matrimonio con la hipocresía, que fue primero de felicidad por lo que enrojeció la señora de Chasteller, y no a causa de las conjeturas que podían formularse los bailarines que, siguiendo las diversas figuras del cotillón, pasaban continuamente por delante de ellos.




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