Rojo y blanco

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¡Vaya! ¡Lo que él obtenía no era pues más que un favor banal, debido únicamente al uniforme, sea cual fuera la persona que lo hubiera llevado! El deseo que sentía de llegar a saber la verdad y la imposibilidad de encontrar palabras convenientes para expresar una idea tan ofensiva, la sumieron en el más profundo embarazo. «Una sola palabra puede perderme para siempre», se dijo.

La emoción imprevista que parecía haberle dejado helado pasó, en un instante, a la señora de Chasteller. Ésta palideció ante aquel dolor cruel, y sin duda relacionado con ella, que tan súbitamente se manifestaba en la cara franca y joven de Luciano: Sus rasgos quedaban ahora como ajados; sus ojos, tan brillantes unos momentos antes, parecían enturbiados y no ver nada.

Cambiaron entre ellos dos o tres frases insignificantes.

—Pero ¿de quién se trata? —preguntó la señora de Chasteller.

—No lo sé —respondió maquinalmente Luciano.

—Cómo, señor, ¿no lo sabe usted?

—No, señora… Mi respeto hacia usted…

El lector podrá creer que la señora de Chasteller, cada vez más intensamente emocionada, cometió la imperdonable imprudencia de preguntar:

—¿Tiene alguna relación conmigo esta sospecha?


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