Rojo y blanco

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Al oír aquello, Luciano se sintió loco de alegría: no se molestaba en ocultar los motivos de su conducta en Nancy. Pero ¿osaría creer lo que le parecía estar viendo?

Hubo un silencio expresivo que duró dos o tres segundos: los ojos de Luciano estaban fijos en los de la señora de Chasteller; después contestó:

—A mis ojos es verdaderamente adorable; sin él no estaría yo aquí… Por otra parte, tengo una espantosa sospecha —añadió con imprudente ingenuidad.

—¿Cuál? ¿Y quién? —preguntó la señora de Chasteller.

Inmediatamente comprendió que una réplica tan directa y tan viva por su parte, constituía una gran inconveniencia; pero había hablado sin reflexionar. Se sonrojó profundamente. Luciano se sintió emocionado al observar que su rubor se extendía hasta los hombros.

Pero Luciano no podía contestar a la simple pregunta de la señora de Chasteller. «¿Qué idea se formará de mí?», se dijo. Al instante, su cara cambió de expresión; palideció, como si hubiese sido alcanzado por un ataque de algún mal intenso y repentino; los rasgos de su cara traicionaban el espantoso dolor que le causaba el recuerdo del señor Busan de Sicile, el cual, después de varias horas de quedar en el olvido, se le presentaba ante su imaginación de improviso.


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