Rojo y blanco

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Al regresar al salón, la señora de Chasteller bailó un vals con el señor de Blancet, al cual sucedió Luciano, siguiendo la moda alemana, después de algunas vueltas. Mientras bailaba, y con una habilidad carente de gracia, hija de la casualidad y de la pasión, supo volver a iniciar la conversación en un tono bastante respetuoso, pero que no obstante era, en más de un aspecto, el que corresponde a una vieja amistad.

Aprovechando un gran cotillon que ni la señora de Chasteller ni él quisieron bailar, pudo decirle, riendo y sin apartarse del tono general de la conversación:

—Para poderme acercar a sus hermosos ojos, compré un caballo, me he batido e incluso he entablado amistad con el señor Du Poirier.

—Para poderme acercar a sus hermosos ojos, compré un caballo; me he batido e incluso he entablado amistad con el señor Du Poirier.

Los rasgos, notablemente pálidos, en aquel momento, de la señora de Chasteller, sus ojos atónitos, expresaron una profunda sorpresa y casi algo de espanto. Al escuchar el nombre de Du Poirier, contestó a media voz y como si no estuviera en condiciones de pronunciar completamente las palabras:

—¡Es un hombre muy peligroso!


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