Rojo y blanco
Rojo y blanco Durante la declaración de aquellos señores, los agradables modos de Luciano cautivaban a su auditorio, y les desmentía. Fueron reducidos a repetir entre ellos, con aire tristemente satisfecho: «Después de todo, no es más que un burgués, nacido quién sabe dónde, y que solamente puede vanagloriarse de la nobleza que le confieren sus charreteras de subteniente».
Este comentario de los oficiales dimisionarios loreneses, resume la gran disputa que entristece al siglo XIX: es la cólera del rango contra el mérito.
Pero ninguna de las señoras pensaba en tan penosas ideas; se evadían completamente, en aquellos momentos, a la triste civilización que gravita sobre los cerebros masculinos de la provincia.
Terminó la cena con la brillantez del vino de Champagne; éste había proporcionado más alegría y libertad en las maneras de todos. En cuanto a nuestro héroe, se sentía exaltado por las cosas verdaderamente tiernas que, bajo la máscara de la alegría, se había atrevido a dirigir a la dama de sus pensamientos. Era la primera vez en su vida que el éxito le sumía en semejante embriaguez.