Rojo y blanco
Rojo y blanco Las mujeres decidieron que Luciano era hombre perfectamente bien; fue precisamente la señora de Commercy quien pronunció estas palabras sacramentales en la parte del salón reservada para la más alta nobleza. Ya que había una pequeña reunión de seis o siete damas que despreciaban a toda aquella sociedad, la cual, a su vez, hada lo propio con todo el resto de la dudad, como si la guardia imperial de Napoleón hubiese llegado a atemorizar, en caso de sublevación, a aquel ejército de 1810, que causaba espanto a toda Europa.
Ante frase tan decisiva de la señora de Commercy, faltó muy poco para que la juventud dorada de Náncy se sublevara. Aquellos caballeros, que sabían ser elegantes y colocarse de forma conveniente en la puerta de un café, se traicionaban ordinariamente en el baile y no sabían demostrar otro mérito que el de bailarines vigorosos e infatigables. Cuando vieron que Luciano hablaba mucho, contra su costumbre, y que además era escuchado, empezaron a decir que era vocinglero y desagradable; que aquella amabilidad forzada podía estar de moda entre los burgueses de París y en las trastiendas de la calle Saint-Honoré, pero que no tendría seguidores entre la buena sociedad de Nancy.