Rojo y blanco
Rojo y blanco «—¿Éste es el hombre tÃmido al que yo creÃa carente de ideas? ¡Qué ser tan extraño!». Era aquélla la primera vez en su vida que Luciano se mostraba espiritual e inteligente y además brillante. Hacia el final de la cena, vio que su éxito sobrepasaba sus propias esperanzas. SentÃase verdaderamente feliz, extremadamente animado y, no obstante, por milagro, no habÃa dicho nada inconveniente. Sin embargo, allÃ, entre aquellos orgullosos loreneses, se encontraba enfrentado a tres o cuatro prejuicios feroces; de los cuales no tenemos en ParÃs más que una pálida copia: Enrique V, la nobleza, el engaño y la estupidez, y casi el crimen, de la humanidad hacia el pueblo bajo. Ninguna de estas grandes verdades, fundamento del credo del faubourg Saint-Germain y que no se dejan atacar impunemente, ocasionaron el más pequeño rasguño en la alegrÃa de Luciano.
Era que su alma noble sentÃa un profundo respeto por la situación desventurada de todos aquellos jóvenes que le rodeaban. Se hablan visto privados cuatro años antes, por fidelidad a sus creencias polÃticas y a sus sentimientos de toda una vida, de una pequeña parte del presupuesto útil, si no necesario, para su subsistencia. HabÃan perdido más aún: La única ocupación en el mundo que podÃa salvarles del aburrimiento y por la cual sentÃan la más profunda veneración.