Rojo y blanco
Rojo y blanco Todo aquello fue dicho con un acento tan verdadero, con una intimidad tan tierna, demostraba él tanto amor, que antes de que ella pudiera pensarlo, los ojos de la señora de Chasteller, aquellos ojos cuya expresión era tan profunda y veraz, habían contestado: «Te amo tanto como tú a mí».
Despertó como de un éxtasis, y después de medio segundo, se apresuró a dirigir la mirada hacia otro sitio; pero los ojos de Luciano habían recogido por completo aquella mirada decisiva…
Se puso colorado hasta el ridículo. No se atrevía ni a creer en su felicidad. La señora de Chasteller, por su lado, sentía que sus mejillas se cubrían de un rubor ardiente. «¡Gran Dios!, me estoy comprometiendo de manera espantosa; todas las miradas deben estar fijas en este extranjero, con el cual estoy hablando desde hace tanto rato, con aire interesante».
Llamó al señor de Blancet, que en aquel momento bailaba el cotillón.
—Acompáñame hasta la terraza del jardín: desde hace cinco minutos sufro una sofocación que me hace sentir, mal… He bebido medio vaso de vino de champagne, y creo, en verdad, que no me ha sentado bien.