Rojo y blanco

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Pero lo que había de terrible para la señora de Chasteller era que, en lugar de prestar el menos interés, el vizconde de Blancet bromeaba mientras escuchaba aquellas mentiras. Se sentía celoso hasta la locura por el aspecto de intimidad y deleite, con qué hablaba con Luciano desde hacía largo rato, y le habían dicho en el regimiento que no debía creer en las indisposiciones de las mujeres hermosas.

Había ofrecido su brazo a la señora de Chasteller y la acompañó hasta hallarse fuera de la sala de baile, cuando otra idea, también luminosa, se apoderó de su atención. La señora de Chasteller se apoyaba en su brazo andando con un raro abandono.

«¿Querrá por fin mi hermosa prima hacerme comprender que me corresponde o, por lo menos, que siente hacia mí algún tierno sentimiento?», se dijo el señor de Blancet. Sin embargo, durante toda la velada, de la cual pasó revista a todos los pequeños acontecimientos, nada le había hecho presagiar tan afortunado cambio de actitud. ¿Era aquello algo imprevisto, o era que la señora de Chasteller deseaba disimular con él? La acompañó al otro lado del macizo de flores, donde encontró una mesa de mármol colocada delante de un gran banco de jardín con respaldo y un peldaño. Tuvo dificultades para dejar sentada en él a la señora de Chasteller, que parecía hallarse en un estado incapaz de moverse.


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