Rojo y blanco

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Mientras el vizconde de Blancet, en lugar de ver lo que sucedía a su alrededor, discutía y hablaba de cosas quiméricas, la señora de Chasteller se sentía desesperada. «¡Mi conducta es algo espantoso! —se decía—; me he comprometido ante la mirada de todas estas señoras, y en éste momento debo estar sirviendo de texto a los más desagradables y humillantes comentarios. Me he comportado, durante no sé cuánto tiempo, como si nadie nos hubiese estado mirando, ni a mí, ni al señor Leuwen. Toda esta gente no me importa nada… ¿Y el señor Leuwen?».

Aquel nombre, pronunciado mentalmente, la hizo estremecer: «¡Y me he comprometido también ante los ojos del señor Leuwen!».

Fue aquél el verdadero dolor, que en un instante le hizo olvidar todas sus demás preocupaciones; no pudo aminorarse con ninguna, de las reflexiones que se presentaban multitudinariamente sobre lo que acababa de ocurrir.

Inmediatamente, otra sospecha vino a aumentar las desdichas de la señora de Chasteller. «Si el señor Leuwen se siente tan seguro, es que deberá saber que paso horas enteras escondida tras la persiana de mi ventana esperando que pase por la calle».


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