Rojo y blanco
Rojo y blanco Rogamos al lector que no encuentre demasiado ridícula a la señora de Chasteller; no poseía ninguna experiencia de las cosas a las que puede ser arrastrado un corazón amante; nunca había sentido nada parecido a lo que acababa de sucederle durante aquella cruel velada. No podía encontrar razón alguna en su cerebro para que fuera en su ayuda, y no tenía ninguna experiencia verdadera. Nunca se había sentido tan turbada por un sentimiento que no fuese el de la timidez, en los momentos en que era presentada a una gran princesa, o el de una profunda indignación contra los jacobinos que intentaban derribar el trono de los Borbones. Aparte de todas estas teorías, que para ella eran un sentimiento y que no conseguían turbar su corazón más que durante unos instantes, la señora de Chasteller tenía un carácter serio y tierno que, en aquel momento, no era indicado más que para aumentar su desdicha. Desgraciadamente para su prudencia, los pequeños intereses diarios de la vida, no podían emocionarla. Había vivido siempre así, en medio de una seguridad engañosa; ya que los caracteres que tienen la desgracia de hallarse por encima de las miserias que constituyen la ocupación de la mayoría de los hombres, no están dispuestos ni preparados para ocuparse de las cosas que, en un momento dado, pueden conseguir emocionarlas.