Rojo y blanco
Rojo y blanco La señora de Chasteller sabía presentarse de una manera conveniente, e incluso con gracia, en el gran salón de las Tullerías, saludar al rey y a las princesas, y cortejar educadamente a las grandes damas; pero aparte de estas cosas esenciales, no poseía ninguna experiencia de la vida. En cuanto se sentía emocionada, perdía la cabeza, y no tenía otra prudencia durante una conversación, que la de callar y permanecer inmóvil.
—Quisiera Dios que no hubiese dirigido ni una sola palabra al señor Leuwen —se decía en aquellos momentos.
En el Sagrado Corazón, una religiosa que había sabido captarse su espíritu halagando todos sus pequeños caprichos de la infancia, le hacía cumplir todos sus deberes por medio de esas simples palabras:
—Hazlo por amistad hacia mí.
Ya que constituía algo impío, una temeridad que podía conducir al protestantismo, decir a una muchacha:
—Haz esto o aquello, porque es razonable.
Haz esto por amistad hacia mí servía de contestación a todo, y no conducía a examinar lo que es razonable y lo que no lo es. Pero también, con las mejores intenciones del mundo, en cuanto se sentía un poco emocionada la señora de Chasteller no sabía qué línea de conducta adoptar.