Rojo y blanco
Rojo y blanco Al sentarse en el banco, cerca de la mesa de mármol, la señora de Chasteller estaba sumida en la más completa desesperación, no sabÃa dónde hallar un refugio contra el terrible reproche de haber podido aparecer, a los ojos de Leuwen, como falta de comedimiento. Su primera idea fue la de retirarse para siempre a un convento.
«Él podrá comprobar por medio de este voto de clausura perpetua, que no tengo ningún proyecto que tienda a atentar contra su libertad».
La única objeción que encontraba en aquel proyecto era que todo el mundo hablarÃa de ella, discutirÃa sobre sus razones, le supondrÃan motivos secretos, etc.
«¿Y qué puede importarme? Nunca más les volveré a ver… SÃ, pero yo sabré que están ocupando de mÃ, con mala intención, y esto me volverÃa loca. Un escándalo semejante serÃa intolerable para mÃ… ¡Ah! —se dijo ella aumentando su dolor—, ¿y es que ello no confirmarÃa al señor Leuwen en la idea, que quizá posee ya, de que soy una mujer osada, incapaz de encerrarme dentro de los lÃmites sagrados de una clausura femenina?».