Rojo y blanco
Rojo y blanco »Cuando no tenÃas nada que decir, al principio de la velada, es decir durante este siglo de espera durante el cual he deseado fervientemente una palabra tuya, ¿era debido a timidez? Timidez, ¡gran Dios! (y los sollozos estuvieron a punto de ahogarla). ¿Era timidez? —se repetÃa con los ojos humedecidos y bajando la cabeza—. ¿Era timidez, o era el efecto de una sospecha? He oÃdo decir que una mujer comete locuras una vez en su vida; aparentemente me ha llegado la hora».
Súbitamente, llegó a su espÃritu el verdadero sentido de la palabra sospecha.
—Antes de que me lanzase decididamente a esta horrible indecencia, él tenÃa ya una sospecha. ¿Tengo que rebajarme a justificar esta sospecha? ¿Y con un desconocido? Si algo, gran Dios, puede hacerle creer cualquier cosa, ¿no es este algo mi atroz conducta?