Rojo y blanco

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—Mi querido primo —dijo al vizconde de Blancet con una seguridad algo convulsiva (aunque éste no pudo ver aquel matiz, pues no prestaba atención más que al grado de intimidad que ella pudiera tener para con él), sufro un ataque de nervios en toda regla. En nombre de Dios, procura que nadie en el baile se dé cuenta de ello, y hazme el favor de irme a buscar un vaso de agua.

Cuando ya se había apartado, le gritó:

De agua helada, si puede ser.

Las precauciones necesarias para representar aquella pequeña comedia, pusieron algo de diversión en su espantoso dolor. Su mirada huraña seguía desde la distancia en que se hallaba todos los movimientos del vizconde. Cuando estuvo por completo fuera del alcance para poderle oír, la más viva desesperación, y los sollozos que parecían ahogarla, se apoderaron de ella; eran lágrimas ardientes de un profundo dolor y, sobre todo, de vergüenza.

«Me he comprometido para siempre ante el espíritu del señor Leuwen. Mis ojos le han dicho: “Te quiero con locura”. He demostrado esta cruel verdad a un joven ligero, orgulloso de sus cualidades y poco discreto, y le he hablado así ya desde el primer día en que me ha dirigido la palabra. En mi locura, me he atrevido a hacerle preguntas que seis meses de amistad buena y sincera casi no podrían justificar. ¡Dios! ¿Dónde tenía yo la cabeza?


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