Rojo y blanco

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El orgullo de aquel arranque era sincero. Poco a poco dejó de pensar en qué podía consistir aquella sospecha. Sus faltas reales le parecieron entonces mucho más llevaderas; veía muchas de ellas. Entonces lloró de nuevo. Finalmente, después de angustias de una extraordinaria amargura, debilitada y medio muerta de dolor, creyó distinguir que tenía por encima de todo dos cosas que reprocharse: En primer lugar, había dejado adivinar lo que sucedía en su corazón a un público mezquino, vulgar y mal intencionado, y al que ella despreciaba con todo su corazón. Sentía aumentar su desdicha al repasar todas y cada una de las razones que tenía para temer la crueldad de aquella gente y para despreciarla. Todos aquellos caballeros, arrodillados delante del dinero o de la más pequeña apariencia de favor cerca del rey o de un ministro, ¡cuán implacables eran ante las faltas que no sean el amor al dinero! Volver a ver en su imaginación todo el desprecio que sentía por aquella alta sociedad de Nancy delante de la cual se había comprometido, le producía un dolor detallado, si se puede decir así, y escocedor como el contacto de un hierro candente. Se imaginaba las miradas llenas de desprecio que debieron dirigirle todas aquellas mujeres mientras bailaban el cotillón.




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