Rojo y blanco
Rojo y blanco Una vez que la señora de Chasteller se hubo expuesto a manifestar aquel dolor, cayó en otra pena profunda, aunque de distinto sentido y que en un abrir y cerrar de ojos pareció apagar todo su valor. Se trataba de la acusación de haber violado, ante los ojos de Leuwen, aquel recato femenino sin el cual una mujer no puede ser amada por un hombre digno y recibir a su vez una estimación. En presencia de aquella acusación principal, su dolor le dio como unos momentos de respiro. Se dijo en voz alta y medio ahogada por los sollozos:
—Si él no me desprecia, yo me desprecio a mí misma.
—¡Vaya! —continuó después de un momento de silencio y como cediendo a su furor contra ella misma—. ¡Un hombre se ha atrevido a decirme que tenía sospechas de mi conducta y en vez de volver los ojos le he pedido que me justificara! No contenta con cometer esta indignidad, me he prestado a ser la protagonista del espectáculo, y le he dejado adivinar mi corazón, no sólo a él sino también a esos seres viles, cuyo único recuerdo, cuando pienso seriamente en ellos, me hace despreciar la vida durante días enteros. Finalmente, mis imprudentes miradas han merecido que sea considerada por el señor Leuwen como una de esas mujeres que se entregan al primer hombre que les gusta. Ya que, ¿por qué no debe tener él la presunción propia de su edad? ¿No posee todas las circunstancias que pueden justificarla?