Rojo y blanco
Rojo y blanco Pero su imaginación pronto abandonó el placer de pensar en Leuwen para volver a aquellas palabras espantosas: entregarse al primer recién llegado.
«El señor Leuwen tiene razón —siguió ella con un valor inhumano—. Veo claramente que no soy más que un ser corrompido. Antes de esta velada fatal yo no le amaba; no pensaba en él más que normalmente, como un joven que parecÃa distinguirse un poco de entre todos estos señores que los acontecimientos nos han enviado a Nancy. Me habla durante unos instantes y le encuentro de una timidez singular. Una tonta presunción me hace jugar con él como con un ser sin consecuencias al que no deseo ver hablar y, de repente, se encuentra con que no pienso en nadie más que en él. Es, aparentemente, porque me pareció un hombre apuesto. ¿Qué cosa peor podrÃa hacer la mujer más corrompida?».
Aquella renovación de la desesperación fue más violenta que todas las anteriores. Finalmente, cuando el alba blanqueaba el cielo por encima de los negros bosques de Burelviller, la fatiga y el sueño fueron a suspender por fin los remordimientos y la desdicha de la señora de Chasteller.