Rojo y blanco
Rojo y blanco Durante aquella misma noche, Leuwen había estado pensando constantemente en ella. ¡Qué motivo de alegría si ella hubiese podido ver toda la timidez de aquel hombre que aparecía ante sus ojos como un don Juan terrible! Luciano no estaba en absoluto seguro de la manera como debía juzgar los acontecimientos que acababan de tener lugar en aquella velada decisiva. Esta última palabra no la pronunciaba él más que temblando. Había creído leer en los ojos de ella, que algún día le amaría.