Rojo y blanco

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«¡Pero, gran Dios, yo no tengo más ascendiente sobre este ser angelical que la excepción de la regla que la lleva a amar a los tenientes coroneles! ¡Gran Dios! ¿Cómo puede ser que una vulgaridad de conducta tan real pueda unirse a todas las apariencias de un alma tan delicada y noble? Ahora veo perfectamente que el cielo no me ha concedido el talento de leer en los corazones femeninos. Dévelroy tenía razón: No seré otra cosa que un bobo durante toda mi vida y todavía más extrañado de las propias sensaciones de mi corazón que de todo lo demás que pueda sucederme. Este corazón debía estar en el colmo de la felicidad y está espantado. ¡Ah!, ¿por qué no podré verla? Le pediría consejo; el alma que sus ojos parecen manifestar comprendería todas mis penas. Parecerían ridículas a los espíritus vulgares. ¡Vaya! Acabo de ganar cien mil francos en la lotería y resulta que estoy desesperado por no haber ganado un millón. Me estoy ocupando demasiado de una de las más hermosas mujeres de la ciudad en la cual me ha lanzado el azar. Esto constituye la primera debilidad. Quiero combatirla, pero soy batido, y héteme aquí deseando gustarle, como uno de estos hombrecillos débiles que pueblan los salones de las mujeres de París. En fin, la mujer que yo he tenido la insigne debilidad de amar, espero que por poco tiempo, parece recibir mis solicitudes con una coquetería cuya forma, por lo menos, es sinceramente deliciosa: Juega con el sentimiento como si hubiese adivinado que es una pasión seria la que yo tengo la debilidad sentir por ella. En vez de disfrutar de mi felicidad, caigo en una falsa dedicación. Me forjo verdaderos suplicios, porque el corazón de una mujer de la corte se ha mostrado sensible para otros que no han sido yo mismo. ¡Oh, gran Dios!, ¿poseo yo el talento necesario para seducir a una mujer verdaderamente virtuosa? Cuantas veces he querido dirigirme a una mujer un poco distinguida, ¿no he fracasado de la manera más ridícula? Ernesto, que después de todo es una buena cabeza a pesar de su pedantería, ¿no me ha explicado el hecho de que yo carezco de bastante sangre fría? En mi cara de niño de coro se revela todo cuanto pienso… En lugar de aprovecharme de mis pequeños éxitos y de seguir adelante, me quedo parado como un bendito, ocupado en saborearlos, en disfrutarlos. Un apretón de manos es para mí como una ciudad de Capua; me detengo extasiado en las raras delicias de un favor tan decisivo en vez de continuar adelante. Finalmente, no poseo ningún talento para esta clase de guerra y además me la hago difícil yo mismo. Pero, animal, si tú gustas, es por verdadera casualidad, únicamente por casualidad…».


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