Rojo y blanco

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Después de dar cien vueltas a su habitación continuó:

«Yo la amo —se dijo en voz alta—, o por lo menos deseo gustarle. Me figuro que ella también me ama. Si no fuese mujer demasiado inclinada hacia los tenientes coroneles e incluso por los simples tenientes, ¿tendría yo el talento necesario para triunfar con una mujer verdaderamente delicada? ¿Sabría exaltar su imaginación hasta el punto de hacerle olvidar por completo cuanto ella se debe a sí misma?».

Pero aquella repetición del mismo razonamiento, si bien rendía testimonio de la sincera modestia de nuestro héroe, no avanzaba ni aumentaba en nada su felicidad. Su corazón sentía la absoluta necesidad de encontrar en la señora de Chasteller un mérito sin tacha. La amaba así, la hacía sublime, y, no obstante, su razón se la mostraba muy diferente. Furioso contra sí mismo exclamó:

«¿Tengo yo la suficiente inteligencia y habilidad para tener éxito con una mujer de la buena sociedad? ¿Lo tendré alguna vez? Y sin embargo, me siento desgraciado. He aquí el verdadero retrato de la cabeza de un chiflado. Aparentemente, cuando proyecto seducirla, desearía que no me amara. ¡Vaya! ¡Deseo que me ame, y estoy triste porque creo que ella me distingue con sus sentimientos! Cuando uno es estúpido, es preciso por lo menos no ser cobarde».


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