Rojo y blanco

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Después de aquel razonamiento digno de un ex alumno de la Escuela Politécnica, Leuwen montó a caballo e hizo cinco o seis leguas en dos horas. Huía de sí mismo; lo más impresionante que produce la sed física, lo sufría él moralmente por la necesidad de someter su razón a la de otro hombre y de pedirle consejo. Se sintió lo bastante razonable para creer y sentir que se estaba volviendo loco; no obstante, toda su felicidad en el mundo dependía de la opinión que se formase de la señora de Chasteller.

Había tenido el buen sentido de no salirse de los límites de la más estrecha reserva con ninguno de los oficiales de su regimiento. No tenía pues, cerca de sí, a nadie que pudiera mortificarle, incluso carecía del recurso del razonamiento más vago y lejano. Gauthier estaba ausente y, por otra parte, creía que aquél no hubiese comprendido su locura más que para gruñirle e invitarle a que se alejara de allí.

Cuando regresó de su paseo, al volver a pasar por la calle de la Pompe, sintió un impulso de enajenación que le dejó atónito. Le pareció como si hubiese vuelto a encontrarse ante la mirada de la señora de Chasteller, o vuelto a caer del caballo por tercera vez. Ni siquiera tuvo valor para huir y no fue a ver al coronel.


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