Rojo y blanco

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«¡Pues bien!, yo la amaré y la despreciaré —se dijo—. Y cuando ella me ame, le diré: ¡Ah!, si tu alma hubiese sido pura, habría estado unida a la mía durante toda la vida».

Al día siguiente, despertado a las cinco de la mañana para asistir a la instrucción, Leuwen sintió un deseo apasionado de volver a ver a la señora de Chasteller. No confiaba en absoluto más que en su corazón.

«Una mirada me lo ha dicho todo —se repetía cuando el buen sentido que le era natural quería evitar alguna objeción—. Quisiera Dios que fuese menos fácil gustarle. No sería de esto de lo que yo me quejaría».

Finalmente; cinco días después del baile, que parecieron a Leuwen cinco semanas, se encontró con la señora de Chasteller en casa de la condesa de Commercy. La señora de Chasteller estaba encantadora, su palidez natural había desaparecido en cuanto oyó la voz de los lacayos anunciando al señor Leuwen. Él, por su lado, apenas podía respirar. No obstante, el aspecto de aquélla le pareció excesivamente brillante, alegre y de muy buen gusto. Verdad es que en esta ocasión la señora de Chasteller se había arreglado lo mejor posible, como es necesario hacerlo para gustar en París.

«Cuántos cuidados para una simple visita a una mujer de edad, me recuerdan demasiado —se decía— su debilidad por los tenientes coroneles».


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