Rojo y blanco

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«Soy un cobarde», se dijo al abandonar el salón de la señora d’Hoquincourt. Y como en Nancy a las diez de la noche se apagan todos los reverberos por orden del señor alcalde, y con excepción de las personas pertenecientes a la nobleza todo el mundo se va a la cama, sin ser demasiado ridículo ante sus propios ojos, pudo dedicarse a pasear durante una larga hora bajo las persianas verdes, aunque pocos instantes después de su llegada las luces de la pequeña habitación se hubiesen apagado. Avergonzado por el ruido producido por sus propios pasos, Leuwen, aprovechando la oscuridad profunda, se detuvo durante largo tiempo y tomó asiento en una piedra situada frente a la ventana hacia la que miraba constantemente. Su corazón no era el único que estaba agitado por el ruido de sus pasos. Hasta las diez, la señora de Chasteller había tenido una velada sombría y llena de remordimientos. En realidad, ella se hubiese sentido menos triste si hubiera asistido a alguna reunión; pero no quería exponerse a encontrarle o a oír pronunciar su nombre. A las diez y media, al verle aparecer en la calle, su tristeza sombría y lamentable fue reemplazada por los más intensos latidos de su corazón. Se apresuró a soplar las velas y, a pesar de todas las reconvenciones que se hacía a sí misma, no había abandonado su sitio detrás de las persianas. Su mirada era guiada en la oscuridad por el fuego del cigarrillo de Leuwen. Éste acababa de triunfar sobre sus remordimientos.


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