Rojo y blanco

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«La señora de Chasteller no comparte en modo alguno las maneras de divertirse de toda esta gente; he aquí una cosa que no se perdona; en París, estas diferencias se ignoran».

Durante las últimas visitas, Leuwen, seguro de no volver a encontrar, en ninguna de aquellas casas a la señora de Chasteller, que estaba indispuesta en la suya, pensaba con dulzura en ver de lejos su pequeño visillo de muselina bordado iluminado por la luz de sus velas.

«Soy un cobarde —se dijo finalmente—. ¡Pues bien!, me entregaré por completo a mi cobardía».

Si tengo que condenarme, será cuando menos por pecados agradables: Fueron aquéllos casi los últimos suspiros de sus remordimientos por amar y de su amor por aquella pobre patria traicionada, venida, etc. No pueden tenerse dos amores a la vez.






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