Rojo y blanco
Rojo y blanco Al día siguiente, el doctor cambió los tiros de su batería; la señora de Chasteller, según él, era una mujer vulgar, de un orgullo insoportable, mucho menos rica de lo que se decía. Tenía como máximo diez mil francos de renta. Y en medio de aquella malevolencia tan poco disimulada, ni una sola palabra sobre el teniente coronel. Aquello fue sumamente dulce para Leuwen, casi más que aquel momento en que, en la antevíspera, la señora de Chasteller le había mirado para preguntarle si la sospecha que abrigaba era relativa a ella. No había habido pues escándalo en sus relaciones con el señor Thomas de Busant.
Leuwen realizó varias visitas aquélla tarde, pero no pronunció ninguna otra palabra que fuera más allá de las insípidas solicitudes sobre el estado de salud de la gente después de un baile tan terriblemente fatigoso.
«¡Qué admirable espectáculo no daría yo a, estos aburridos provincianos, con mi preocupación, si pudieran adivinarla!».
Todo el mundo le habló mal de la señora de Chasteller, con excepción de la buena Théodelinde. Ella era, no obstante, muy poco agraciada y, en cambio, la señora de Chasteller muy hermosa. Luciano sintió por Théodelinde una amistad que iba casi hasta la pasión.