Rojo y blanco
Rojo y blanco A cada momento el doctor le interrumpía para hablar de la indisposición de la señora de Chasteller, y para razonar sobre lo que la pudo haber causado, etc., etc. Leuwen no se preocupó de interrumpirle; cada una de las palabras del doctor constituía un tesoro para él: el doctor venía de casa del señor de Pontlevé. Pero Leuwen supo contenerse; al menor silencio, volvía a iniciar su disertación acerca de lo que había podido costar la elegante tienda rayada de blanco y carmesí. El sonido de aquellas palabras extrañas a su lenguaje habitual, parecía redoblar su sangre fría y el dominio que tenía sobre sí mismo. Jamás tuvo tanta necesidad de él: el doctor, que a toda costa deseaba hacerle hablar, le decía las más encantadoras cosas sobre la señora de Chasteller, cosas por las cuales hubiese pagado él a peso de oro un comentario más. Y el tema era tentador: le pareció adivinar que con un poco de habilidad y algún halago, el doctor traicionaría todos los secretos del mundo. Pero fue prudente hasta la timidez; en ningún momento pronunció el nombre de la señora de Chasteller, más que cuando se trataba de contestar al doctor; por otra parte, aquello hubiese constituido un paso en falso. Leuwen forzaba la situación, pero Du Poirier tenía demasiada poca costumbre y trato de gentes y no respondía más que a lo que se le preguntaba sin captar aquel matiz. Leuwen se prometió ponerse enfermo al día siguiente; esperaba, saber por el doctor muchos detalles sobre el señor de Pontlevé y la vida normal de la señora de Chasteller.