Rojo y blanco
Rojo y blanco «Aquí estoy vuelto por completo al grado de vulgaridad que disfrutaba durante los primeros momentos de nuestra Conversación en el baile…», pensó juzgándose a sí mismo. Tenía razón, no exageraba en absoluto su falta de gracia y de inteligencia. Pero lo que él no se decía es que el único ser a cuyos ojos no deseaba aparecer como un tonto juzgaba de manera bien distinta su embarazó. «El señor Leuwen —se decía la señora de Chasteller— esperaba encontrar una continuación a mi inconcebible ligereza del baile, o por lo menos tenía derecho a esperar unos modales dulces y casi afectuosos, que recordasen el tono de una amistad. Encuentra en cambio modales extremadamente correctos, pero que en el fondo le alejan completamente de todo lo que no sea el tono empleado con una persona que simplemente se conoce».
Leuwen, para decir algo, no encontraba ni una idea, y se empeñó en iniciar una explicación sobre los méritos de la Malibran, que cantaba en Metz, y a quien la buena sociedad de Nancy tenía intención de ir a escuchar. La señora de Chasteller, encantada de no tener que violentarse para encontrar frases educadas y frías, le miraba mientras hablaba. Inmediatamente, él empezó a balbucear, y se sintió ridículo por el embarazo que representaba, hasta el punto de que la señora de Commercy se dio cuenta de ello.