Rojo y blanco
Rojo y blanco —Estos jóvenes de hoy tienen cualidades completamente sujetas a cambios —dijo en voz baja a la señora de Chasteller—. No es ahora en absoluto el alegre subteniente que acostumbraba venir a mi casa.
Aquello hizo la perfecta felicidad para la señora de Chasteller. Una mujer con sentido común, de un sentido común célebre en la ciudad, y de sangre frÃa, acababa de confirmar lo que ella se decÃa a sà misma, desde hacÃa unos minutos ¡y con qué delicia!
«¡Qué diferencia entre este hombre alegre, vivo, brillante de espÃritu, embarazado únicamente por la gente, y la vivacidad de sus reacciones, que yo he visto en el baile! Aquà habla de una cantante y no puede encontrar una frase medianamente pasable. Y es seguro que todos los dÃas lee artÃculos sobre los méritos y cualidades de la señora Malibran».
La señora de Chasteller se sentÃa tan dichosa, que se dijo:
«Voy a caer en la falta de pronunciar alguna palabra o dedicarle alguna sonrisa de buena amistad, que borrará toda mi felicidad de esta tarde. Esto es algo muy dulce, aunque para no quedar descontenta de mà misma, debo terminarlo aquû.
Se levantó y, después de despedirse, abandonó el salón.