Rojo y blanco
Rojo y blanco A los pocos momentos, Leuwen salió también de casa de la señora de Commercy; tenía necesidad de pensar detenidamente sobre la extensión, e intensidad de su estupidez y en la perfecta frialdad de la señora de Chasteller. Al cabo de cinco o seis horas de reflexiones desgarradoras, llegó a esta conclusión:
No era un teniente coronel, y como tal, digno de la atención de la señora de Chasteller. La conducta de ésta en el baile hacia él había sido una veleidad, una fantasía pasajera, a las que esas mujeres excesivamente tiernas sé hallan sujetas. El uniforme le había dado un instante de ilusión; a falta de algo mejor, ella le había tomado momentáneamente por un coronel. Aquellos consuelos desolaban a Leuwen:
—Soy un imbécil completo y esta mujer una coqueta de teatro, aunque extraordinariamente hermosa. ¡El diablo me lleve sí alguna Vez vuelvo a mirar a sus ventanas!