Rojo y blanco

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Leuwen se hizo los más amargos reproches.

Al día siguiente, en cuanto llegó a casa de la señora de Marcilly, fue anunciada la señora de Chasteller.

La indiferencia que se le demostró fue tan excesiva, que hacia el final de la visita se indignó. Por primera vez, se aprovechó de la posición que había adquirido dentro de la sociedad: Dio la mano a la señora de Chasteller para acompañarla hasta su coche, aunque era evidente que esta pretendida gentileza la había contrariado mucho.

—Perdóneme, señora, si soy poco discreto: ¡soy tan desgraciado!

—No es esto precisamente lo que se dice de usted, señor —respondió la señora de Chasteller con una tranquilidad que no tenía mucho de natural, dándose prisa para llegar a su coche.

—Pretendo halagar a todos los habitantes de Nancy con la esperanza de que quizá le hablen bien de mí, y por la noche, para olvidarme de usted, intento perder la razón.

—No lo creo, señor, ha dado usted lugar…

En aquel momento, el lacayo de la señora de Chasteller avanzó para cerrar la portezuela y los caballos se la llevaron más muerta que viva.


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