Rojo y blanco
Rojo y blanco Todo marchaba según los deseos de Leuwen, incluso su padre no le dirigió ningún reproche sobre sus gastos. Leuwen estaba seguro de que todo el mundo hablaba bien de él a la señora de Chasteller; pero la casa del marqués de Pontlevé no era la única de Nancy en la cual Luciano parecía hacer marcha atrás en la opinión que merecía. En vano había intentado hacer visitas en ella; la señoría de Chasteller, antes que recibirle, había cerrado la puerta de la casa con el pretexto de una enfermedad. Había incluso engañado al doctor Du Poirier, que decía a Leuwen que la señora de Chasteller haría muy bien en no salir de casa durante una larga temporada. Ayudada por aquel pretexto que le proporcionaba el propio doctor Du Poirier, la señora de Chasteller hacía un reducido número de visitas, sin exponerse a ser acusada de orgullo por las damas de Nancy.
La segunda vez que Leuwen la vio después del baile, fue tratado por ella apenas como una simple amistad, e incluso le pareció que no contestaba a sus frases con la educación que creía poderle exigir. Para aquélla segunda entrevista, Leuwen se había formado una serie de resoluciones heroicas. Su desprecio hacia sí mismo se vio aumentado por la completa falta de valor que sé reconoció en sí en el momento de actuar.
«¡Gran Dios!, ¿me, sucederá algo parecido en el momento en que mi regimiento tenga que cargar contra el enemigo?».