Rojo y blanco
Rojo y blanco El conde N… tenÃa todavÃa, en algunas pequeñas cosas, las costumbres del ejército de Sambre-et-Meuse, en el cual habÃa iniciado, tiempo atrás, su reputación. Tales costumbres le eran tanto más vivamente presentes en aquel momento, cuanto que más de una vez, durante las últimas cinco o seis postas, habÃa reconocido las posiciones ocupadas antaño por aquel ejército de una gloria tan pura.
Aunque no fuera precisamente un hombre que se entregara fácilmente a la imaginación y a las ilusiones, se vio sorprendido con una serie de vividos recuerdos de 1794.
—¡Cuánta diferencia entre 1794 y 183…! ¡Gran Dios, y cómo jurábamos entonces odio eterno a la realeza! ¡Y con qué ganas! Estos jóvenes suboficiales a los que N… tanto me ha recomendado vigilar, son los mismos que éramos entonces… En aquella época nos batÃamos diariamente. ¡Hoy en dÃa, en cambio, es necesario cepillar a algún señor mariscal!